Algunas reflexiones sobre el 25 de Mayo

por Equipo de docentes de la carrera de Historia del ISFD N° 1 de Avellaneda. Profesores y profesoras Paula Alajarin, Dante Barbato, Agustín Comicciolli, Marina de Palma, Mónica Higa y Cristian Poczynock

La interpretación de la Revolución de Mayo fue variando a lo largo de nuestra historia en sintonía con las demandas sociales, los derechos en disputa y los desafíos de cada momento de la sociedad argentina. Esto nos invita a reflexionar en torno a algunos interrogantes: ¿cómo pensar el pasado nacional? Cuando pensamos la semana de Mayo, ¿desde dónde lo hacemos?, es decir, ¿desde una mirada federal, porteña, de las elites o de los sectores populares? Acercarse a la Revolución de Mayo y enseñarla constituye un desafío historiográfico y pedagógico que supone poner en cuestión imágenes muy arraigadas y generar interrogantes sobre nuestro pasado, presente y futuro.

 

Una representación tradicional es la que asocia a la Revolución con el origen de la nación Argentina, como el acto fundante de la patria. Esta mirada sacralizada es la que tradicionalmente ha tenido lugar en las fiestas escolares y explica la Revolución de Mayo como la irrupción de un espíritu nacional oprimido.

Desde mediados del siglo XIX y principios del XX, acorde a la necesidad de legitimar al Estado Nacional naciente tras el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas, se construyó y difundió un relato que ganó consenso entre las elites que consideraba la existencia de una nacionalidad argentina antes de 1810, portadora de rasgos específicos que la diferenciaban del resto del mundo americano colonial. Este relato tradicional configura una disputa histórica entre la denominada historia oficial o mitrista y los revisionismos. Sin embargo, ambas coincidían en lo que llamamos el mito de origen de las naciones.

Las miradas renovadoras aportaron nuevas formas de pensar y enseñar no solo a la Revolución de Mayo sino al proceso revolucionario en su conjunto. Los motivos inmediatos de la Revolución están en la caída de la monarquía española de 1808, cuando Napoleón Bonaparte invadió España y dejó en una situación de acefalía a los dominios americanos. Esto habilitó la intervención de las elites y los sectores populares que tenían demandas sociales, políticas y económicas preexistentes al conflicto.

Un mundo colonial segregado racialmente, con tensiones cada vez más fuertes entre los indios, los “españoles americanos” y los “españoles peninsulares”, empezó a crujir al menos desde las rebeliones en el Alto Perú. La revolución norteamericana, la francesa y la de Haití confluyeron con la crisis de la monarquía española en una era de guerras interimperiales. En el Río de la Plata, las Invasiones Inglesas de junio y julio de 1806 y 1807 respectivamente, armaron a una sociedad que si bien estaba organizada por milicias de batallones segregados, tenía una pretensión de igualdad en el acceso a sus derechos por el hecho de defender a la Ciudad de Buenos Aires. La defensa exitosa por parte de las milicias criollas puso de relieve la total ineficacia de las autoridades virreinales en la protección de la ciudad.

La llegada de las noticias sobre la caída de la Junta Central en la península se sumaba la grave crisis de legitimidad del gobierno a nivel local. La convocatoria a conformar Juntas de gobierno integradas por vecinos derivó en un cambio trascendental, proyectando diferentes debates acerca de las formas de gobierno, debates representativos de intereses fuertemente afectados por las políticas de un imperio en crisis. De este modo, la revolución abrió un escenario sinuoso donde se puso en disputa la edificación de un orden nuevo por medio de la acción política y de una guerra que movilizó a vastos sectores de la sociedad. Esta nueva coyuntura dio lugar a disputas sociales y políticas en torno a la forma que debía adoptar el nuevo orden (¿sistema de unidad o federal?) y a una reformulación de las relaciones sociales vigentes desde los tiempos de la colonia (¿igualdad política entre los hombres con eliminación de los fueros o privilegios de raza?).

Mayo de 1810 fue la contingencia donde se pusieron en juego distintas alternativas políticas que rondaban en los sectores de las elites. Algunos propiciaron una autonomía mayor de gobierno en el marco de la soberanía real, otros propugnaron transitoriamente la confluencia con la Corona de Portugal a través de Carlota Joaquina, y finalmente, otro sector que por entonces no era mayoritario, propiciaba una independencia absoluta que rompiera los lazos coloniales. Ahora bien, el desarrollo de la guerra y la acción política de vastos sectores de las elites y de las clases populares constituyeron un basamento en común, una experiencia social que finalmente daría lugar a la nación. Pero esta ya es parte de otra historia.

 

Publicado por la Dirección de Educación Superior, 22 de mayo de 2020.

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